martes, 12 de abril de 2016

El fuego, deidad universal


EL FUEGO, DEIDAD UNIVERSAL

    Desde los tiempos primitivos, el hombre ha venerado al fuego sobre todos los demás elementos. Hasta el salvaje más inculto parece reconocer en la llama algo que se asemeja estrechamente al volátil fuego que arde en su propia alma. La misteriosa, vibrante, radiante energía del fuego que estaba más allá de su capacidad de análisis; pero, sin embargo, sentía su poder. El hecho de que durante las tormentas el fuego descendía en rayos poderosos desde el cielo, abatiendo árboles y causando destrucción, hizo que los hombres primitivos reconocieran en su furia la ira de los dioses. Luego, cuando el hombre personificó los elementos y creó los numerosos Panteones que ahora existen, colocó en manos de la Suprema Deidad la antorcha, el rayo o la espada flamígera, y sobre su cabeza una corona, cuyas puntas doradas simbolizaban los flamígeros rayos del Sol. Los místicos han descubierto que la adoración del Sol se remonta a la primitiva Lemuria, y la del fuego, a los orígenes de la raza humana. En verdad, el elemento fuego controla hasta cierto punto los reinos animal y vegetal, y es el único elemento que puede subyugar a los metales. Consciente o instintivamente, todo ser viviente honra al astro del día. El mirasol siempre tiende a dar frente al disco solar. Los Atlantes eran adoradores del Sol, mientras que los indios americanos (restos del antiguo pueblo Atlante) todavía consideran al Sol como representante del Supremo Dador de Luz. Muchos pueblos primitivos creían que el Sol era más bien reflector que fuente de luz, como lo prueba el hecho de que frecuentemente representaban gráficamente al Dios-Sol llevando al brazo un escudo de metal muy bruñido, en el cual estaba cincelada la faz solar. Este escudo retenía la luz del Infinito, reflejándola a todos los lugares del universo. Durante el año, el Sol pasa a través de las doce casas de los cielos, donde, como Hércules, realiza doce labores. La muerte y la resurrección anual del Sol ha sido un tema favorito en innumerables religiones. Los nombres de casi todos los grandes Dioses y Salvadores han estado asociados con el elemento fuego, la luz solar o su correlativa la mística y espiritual luz invisible. Júpiter, Apolo, Hermes, Mitra, Baco, Dionisio, Odín, Buddha, Krishna, Zoroastro, Fo-Hi, Iao, Vishnu, Shiva, Agni, Balder, Híram Abiff, Moisés, Sansón, Jasón, Vulcano, Urano, Alá, Osiris, Ra, Bel, Baal, Nebo, Serapis y el rey Salomón son algunas de las numerosas deidades y superhombres cuyos atributos simbólicos derivan de las manifestaciones del poder solar y cuyos nombres indican su relación con la luz y el fuego.
    De acuerdo con los Misterios Griegos, los dioses, contemplando el mundo desde el monte Olimpo, se arrepintieron de haber creado al hombre, y no habiéndole dado nunca a ese ser primitivo un espíritu inmortal, decidieron que nada se perdería si esos disconformes, pendencieros e ingratos humanos fueran completamente destruidos, dejando vacante el lugar que ocupaban para una raza más noble. Pero, al descubrir los planes de los dioses, Prometeo, que encerraba en su corazón un gran amor por la luchadora humanidad, decidió traer al hombre el fuego divino que haría a la raza humana inmortal, de tal forma que ni los dioses podrían destruirla. Así Prometeo voló hacia el hogar del Dios-Sol, y encendiendo una pequeña caña en el fuego solar, la trajo a los hijos de la Tierra, previniéndoles que el fuego debería ser siempre usado para la glorificación de los dioses y el desinteresado servicio de unos a otros. Pero los hombres fueron irreflexivos y egoístas. Tomaron el fuego divino que les había traído Prometeo y lo emplearon para destruirse unos a otros.   Incendiaron las casas de sus enemigos y, con la ayuda del calor, templaron el acero para hacer espadas y armaduras. Se volvieron más egoístas y arrogantes, y desafiaron a los dioses, pero ellos no podían ahora ser destruidos, porque poseían el fuego sagrado. Por su desobediencia, Prometeo (igual que Lucifer) fue encadenado, pero al héroe griego se lo puso en la cima del monte Cáucaso, donde debía soportar a un buitre que le picoteara el hígado hasta que un ser humano lograra dominar el fuego sagrado y se hiciera perfecto.  Esta profecía la cumplió Hércules, que ascendió al Cáucaso, rompió los grilletes de Prometeo y libertó al amigo del hombre que había estado sometido al tormento por larguísimo tiempo. Hércules representa al iniciado, que, como su nombre lo indica, participa de la gloria de la luz. Prometeo es el vehículo de la energía solar. El fuego divino que trajo a los hombres es una esencia mística en su propia naturaleza, que deben regenerar y redimir si quieren liberar de la roca de sus bajas naturalezas físicas, a sus propias almas crucificadas.
   De acuerdo con la filosofía oculta, el Sol es en realidad un astro de triple manifestación, siendo dos partes de su naturaleza invisibles. El globo que vemos es meramente la fase más baja de la naturaleza solar y es el cuerpo del Demiurgo o, como la denominan los judíos, Jehová, y los brahmanes, Shiva. Como el Sol está simbolizado por un triángulo equilátero, se dice que los tres poderes del disco solar son iguales. Las tres fases del Sol son llamadas: Voluntad, Sabiduría y Acción. La Voluntad está relacionada con el principio de vida, la Sabiduría con el de la luz, y la Acción o Fricción, con el principio del calor. Por la Voluntad fueron creados los cielos, y la vida eterna continúa en suprema existencia: por la Acción, la fricción y el esfuerzo fue formada la Tierra, y el universo físico modelado por los “Señores del Fuego" pasó gradualmente del estado de fusión a su más ordenada condición actual.
     Así se formaron los cielos y la Tierra, pero entre ambos había un gran vacío, porque Dios no comprendía a la Naturaleza y la Naturaleza no comprendía a la Deidad. La falta de intercambio entre estas dos esferas de conciencia era similar al estado de parálisis en que la conciencia reconoce la condición del cuerpo, pero, debido a la falta de conexión nerviosa, es incapaz de gobernar o dirigir las actividades corporales. Por lo tanto, entre la vida y la acción vino un mediador, que fue llamado Luz o Inteligencia. La Luz participa tanto de la vida como de la acción: es la esfera de unión. La Inteligencia ocupó el espacio entre el cielo y la Tierra; por su
intermedio el hombre supo de la existencia de su Dios, y Dios comenzó a subvenir a las necesidades de los hombres. Mientras la vida y la acción eran simples substancias, la luz era un compuesto, porque la parte invisible de la luz era de la naturaleza del cielo, y la visible, de la naturaleza de la Tierra. A través de las edades se dice que esta luz estuvo corporizándose. Aunque estos cuerpos testimonian esa luz, la gran verdad espiritual tras ese símbolo de luz corporizada, es que en el alma de toda criatura dentro de cuya mente nace la inteligencia, mora un espíritu que asume la naturaleza de esta inteligencia. Todo hombre o mujer verdaderamente inteligente que está trabajando para difundir la luz en el mundo es Cristianado o Iluminado por la labor misma que está tratando de realizar. El hecho de que la luz (inteligencia) participe a la vez de las naturalezas de Dios y de la Tierra es probado por los hombres dados a las personificaciones de esta luz, porque unas veces son llamados los “Hijos del Hombre” y otras los “Hijos de Dios”.
    Al iniciado en los Misterios se le enseñaba siempre la existencia de tres soles, el primero de los cuales - el vehículo de Dios-Padre iluminaba y fervorizaba su espíritu; el segundo - el vehículo de Dios-Hijo - desarrollaba y expandía su mente; y el tercero - el vehículo de Dios-Espíritu Santo - nutría y fortalecía su cuerpo. La luz no es solamente un elemento físico, sino también mental y espiritual, y se enseñaba al discípulo en el templo a reverenciar al Sol invisible mucho más que al visible, porque toda cosa visible es sólo el efecto de lo invisible o causal, y como Dios es la Causa de todas las Causas, Él mora en el Mundo invisible de la Causación.  Apuleyo, cuando fue iniciado en los Misterios, vio el Sol brillando a medianoche, ya que las cámaras del templo estaban brillantemente iluminadas, aunque no había en ellas lámpara alguna. El Sol invisible no está limitado por las paredes ni siquiera por la superficie misma de la Tierra, porque siendo sus rayos de intensidad vibratoria más elevada que la substancia física, su luz pasa sin obstáculos a través de todos los planos de la substancia material. Para aquéllos capaces de ver la luz de estos astros espirituales no hay obscuridad, porque están en presencia de la luz infinita, y a medianoche pueden ver el Sol brillando bajo sus pies.
  Mediante una de las perdidas artes de la antigüedad, los sacerdotes del templo podían fabricar lámparas que ardían por siglos sin que se necesitara alimentarlas. Esas lámparas se parecían a las llamadas “lámparas virginales”, o sea las llevadas por las Vírgenes Vestales. Eran algo más pequeñas que la mano humana y, según documentos que se conservan, sus mechas eran de amianto. Se ha sostenido que estas lámparas ardieron durante mil o más años. Una de ellas fue encontrada en la tumba de Christian Rosencreutz, la cual había estado encendida 120 años sin que su provisión de combustible pareciera haber disminuido. Se supone que estas lámparas, (las cuales, incidentalmente, ardían en urnas herméticamente selladas, sin ayuda del oxígeno) estaban constituidas en tal forma que el calor de la llama extraía de la atmósfera alguna substancia que reemplazaba al combustible original tan pronto como el misterioso aceite se consumía.
    Hargrave Jennings ha coleccionado numerosas referencias respecto a las épocas y lugares en que se encontraron esas lámparas. En la mayoría de los casos, sin embargo, se apagaron tan pronto como fueron sacadas de sus urnas o si no se rompían en forma misteriosa, de manera que nunca se pudo descubrir su secreto. Con respecto a estas lámparas, el señor Jennings escribe: “Se afirma que los romanos mantuvieron lámparas en sus sepulcros durante edades por medio de la oleaginosidad del oro (y aquí entra el arte de los Rosacruces), convertido por medios herméticos en una substancia líquida; y se cuenta que al ser disueltos
monasterios, en el tiempo de Enrique VIII, fue encontrada una lámpara que había estado ardiendo en una tumba aproximadamente desde el siglo III después de Jesucristo, o sea cerca de mil doscientos años. Dos de estas lámparas subterráneas pueden verse en el Museo de Rarezas de Leyden, en Holanda. Una de estas lámparas fue encontrada durante el papado de Pablo III, en la tumba de Tullia, la hija de Cicerón que había estado completamente cerrada durante 1550 años”.
    La señora Blavatsky, en su obra Isis sin Velo, indica un número de fórmulas para construir lámparas perennes, y dice en, una nota al pie de página que ella misma vio una, hecha por un discípulo de las artes herméticas, la cual había estado ardiendo ininterrumpidamente sin necesidad de combustible durante seis años anteriores a la publicación de su libro.
   La lámpara perenne fue, naturalmente, el símbolo más apropiado del Fuego Eterno en el Universo, y si bien la química moderna niega la posibilidad de que puedan construirse, el hecho de que se han construido y visto muchas en un período de miles de años, es una advertencia contra el dogmatismo. En el Tíbet, los magos Lamas han descubierto un sistema para iluminar las habitaciones mediante una esfera fosforescente de color blanco verdoso que aumenta su luminosidad cuando así lo ordenan los sacerdotes, y que después de la salida de los que estaban en la cámara se va apagando poco a poco hasta no quedar más que una chispa que arde continuamente.
    Este milagro aparente no es más difícil de explicar que otros realizados por los tibetanos. Hay en el Tíbet un árbol sagrado que echa corteza nueva todos los años, y cuando cae la vieja se encuentra una inscripción en caracteres tibetanos en la nueva corteza que está debajo. Estos secretos de los pueblos llamados salvajes o primitivos refutan de continuo el ridículo con que los caucásicos miran casi invariablemente la cultura de otras razas.
   Los sacerdotes druidas, en Bretaña, reconociendo al Sol como delegado de la Deidad Suprema, empleaban un rayo de luz solar para encender los fuegos de sus altares. Hacían esto concentrando el rayo sobre un cristal o aguamarina especialmente tallado y engarzado en forma de broche mágico o hebilla en el cinturón del Archidruida. A este broche se lo llamaba el “Liath Meisicith” y se suponía que poseía el poder de atraer el fuego divino de los dioses desde el cielo y de concentrar sus energías para ponerlas al servicio del hombre.
Esta hebilla era naturalmente un espejo ustorio. Muchas de las naciones de la antigüedad reverenciaban en tal forma al fuego y a la luz del Sol, que no permitían jamás que se iluminaran sus altares sino concentrando los rayos solares por medio de un lente (espejo ustorio). En algunos de los templos antiguos había lentes debidamente colocados en el techo, en diversos ángulos, de manera que cada año, en el equinoccio vernal, el Sol de mediodía enviaba sus rayos por dichos lentes y encendía los fuegos del altar, que ya estaban debidamente preparados para esta ocasión. Los sacerdotes consideraban que este proceso equivalía a que los mismos dioses hubieran encendido los fuegos. En honor de Hu, la Suprema Deidad de los druidas, los pueblos de Bretaña y Gales celebraban anualmente un encendimiento de fuegos en el que ellos llamaban Día del Solsticio Estival.
   Una de las razones por las cuales el muérdago era sagrado para los druidas consistía en que muchos de los sacerdotes creían que esta peculiar planta parasitaria caía a la tierra en forma de rayos y que, dondequiera que un árbol fuera abatido por el rayo, la semilla del muérdago quedaba depositada dentro de su corteza. El largo tiempo que el muérdago permanecía vivo, después de ser cortado del árbol, tenía mucho que ver con la veneración que le profesaban los druidas. El hecho de que esta planta era también un medio poderoso para captar el misterioso fuego cósmico que circula a través de los éteres, fue descubierto por dichos sacerdotes, quienes apreciaban al muérdago por su estrecha relación con la misteriosa luz astral que es en realidad el cuerpo astral de la tierra. A este respecto escribe Eliphas Levi en su Historia de la Magia: “Los druídas eran sacerdotes y médicos que curaban por el magnetismo y cargaban amuletos con su influencia fluídica. Sus remedios universales eran el muérdago y los huevos de serpiente, porque estas substancias atraían la luz astral de una manera muy especial. La solemnidad con que se cortaba el muérdago atraía sobre esta planta la confianza popular y la volvía extraordinariamente magnética. El progreso del magnetismo revelará algún día las propiedades absorbentes del muérdago. Entonces comprenderemos el secreto de esos crecimientos esponjosos que absorben las desaprovechadas virtudes de las plantas y se cargan con sus tinturas y sabores. Hongos, trufas, agallas y las diversas variedades de muérdago serán empleados inteligentemente por la ciencia médica, lo cual será nuevo porque es viejo.”
   Ciertas plantas, minerales y animales han sido considerados sagrados en todas las naciones de la Tierra debido a su peculiar sensibilidad al fuego astral. El gato, sagrado para la ciudad de Bubastis en Egipto, es un ejemplo de animal especialmente magnético. Cualquiera que acaricie a un gato doméstico en una habitación a obscuras podrá ver las emanaciones eléctricas, en la forma de una luz fosforescente de color verdoso, que se desprenden de su piel. En los templos de Bast, consagrados a la diosa de los gatos, se veneraba extraordiariamente a gatos de tres colores, como a cualquier otro miembro de la familia felina cuyos dos ojos fueran de diferente color. La piedra imán y el radio, en el reino mineral, así como varias excrecencias parásitas en el reino vegetal, son extrañamente sensibles al fuego cósmico. Los magos de la Edad Media se rodeaban de ciertos animales tales como murciélagos, gatos, serpientes y monos, porque tenían el poder de extraer la luz astral de esos seres y apropiársela para sus propios fines. Por esta misma razón, los egipcios y también algunos griegos mantenían gatos en los templos, y las serpientes siempre estuvieron presentes en el Oráculo de Delfos. El cuerpo áurico de una serpiente es una de las cosas más notables que puede contemplar un clarividente, y los secretos encerrados dentro de su aura demuestran por qué la serpiente es el símbolo de la sabiduría en muchos pueblos.
     Es evidente el hecho de que el cristianismo ha preservado (al menos en parte) la primitiva adoración del fuego de la antigüedad en muchos de sus símbolos y rituales. El incensario empleado con tanta frecuencia en las iglesias cristianas es un símbolo pagano relacionado con la regeneración del alma humana. El incensario representa al cuerpo humano. El incienso dentro del incensario, hecho con las esencias extractadas de varias plantas, representa las fuerzas vitales del cuerpo del hombre. La llameante brasa ardiendo en medio del incienso es el emblema del germen espiritual encerrado en el corazón del organismo material del hombre.
Esta chispa espiritual es una parte infinitesimal de la divina llama, el Gran Fuego del Universo, de cuyo ígneo corazón han sido encendidos los fuegos de los altares de todas sus criaturas. Así como la chispa de la vida consume gradualmente el incienso, así también la naturaleza espiritual del hombre, mediante el proceso de regeneración, consume gradualmente todos los elementos groseros del cuerpo, transmutándolos en poder anímico, simbolizado por el humo. Aunque el humo es en realidad una substancia física y densa, es pese a ello lo bastante ligero para elevarse en forma de nubes; de igual modo el alma es de hecho un elemento físico, pero mediante la purificación y el fuego de la aspiración adquiere la naturaleza de la atmósfera intangible; aunque formada por la substancia de la tierra, llega a ser suficientemente sutil como para elevarse cual exquisito perfume hasta el trono de la Divinidad.
   Si bien algunas autoridades han sostenido que la forma de la cruz derivó del antiguo instrumento egipcio llamado “nilómetro”, usado para medir las inundaciones del Nilo, otros opinan que el símbolo tuvo su origen en los dos palos cruzados que los pueblos primitivos empleaban para hacer fuego, mediante la fricción. El uso de campanarios y torres en la construcción de las catedrales del cristianismo medieval, así como las más familiares y convencionales estructuras piramidales de las torres de las iglesias, puede que tenga su origen en los obeliscos de fuego de Egipto, que se colocaban al frente de los templos consagrados a las deidades superiores. Todas las pirámides son símbolos del fuego. El árbol de mayo tuvo su origen en una antigüedad similar, en la que era a la vez un símbolo fálico y un emblema del fuego cósmico.
    La costumbre reinante de orientar las iglesias hacia el Este es, por supuesto, otra evidencia de la supervivencia del culto solar. Prácticamente, la única rama de la raza humana que no observa esta regla es la árabe. Los mahometanos orientan siempre sus mezquitas hacia La Meca, pero sin embargo sus horas de oración están determinadas por el Sol. Los rosetones y los muros cubiertos de hiedra son supervivencias del paganismo, porque la hiedra estaba consagrada a Baco, a causa de la forma de sus hojas, y siempre se trataba de que esta planta cubriera los muros de los templos consagrados a la deidad solar griega. Los ornamentos dorados que se encuentran en los altares de las iglesias cristianas deberían recordar al filósofo observador que el oro es el metal sagrado del Sol, porque (según los alquimistas) el rayo solar se cristalizó en la tierra, formándose así ese precioso metal, el cual, dicho sea de paso, se sigue formando todavía. Los cirios que tantas veces adornan esos mismos altares y que casi siempre aparecen en número impar, nos recuerdan que los números impares son solarmente sagrados. Cuando se emplean tres cirios, ellos representan los tres aspectos del Sol: aurora, mediodía y ocaso, y de este modo son emblema de la Trinidad. Cuando se emplean siete, representan a los ángeles planetarios llamados por los judíos Elohim, cuyos valores cabalísticos y numéricos son también siete. Cuando aparecen los números pares 12 ó 24, representan los signos del zodíaco y los espíritus de las horas del día, llamados por los persas Izzids. Cuando se expone sólo una luz, es el emblema del Padre Supremo Invisible, el Uno, y la pequeña lamparita roja que siempre arde sobre el altar es una ofrenda al Demiurgo-Jehová o el Señor Constructor de las Formas.
     Lo que es el aceite a las llamas, es la sangre al espíritu del hombre. Por consiguiente, se emplea frecuentemente el aceite en las unciones, porque es un fluido sagrado para el poder solar. Y como el aceite contiene la vida solar, se emplea en grandes cantidades en las regiones polares, donde es necesario generar mucho calor corporal. De ahí la inclinación de los esquimales por consumir bujías de sebo y grasa de ballena.
     La misma palabra “Cristo” es prueba suficiente de que el fuego y la adoración del fuego son los dos elementos esenciales de la fe cristiana. Los rayos luminosos provenientes del Sol eran para los antiguos como la sangre del Cordero Celestial que en el equinoccio vernal moría por los pecados del mundo y redimía a toda la humanidad con su sangre (rayos).
     Las Escuelas de Misterios del antiguo Egipto enseñaban que la sangre es el vehículo de la conciencia. El espíritu del hombre se movía a través de la corriente sanguínea y, por lo tanto, no se encontraba localizado en ningún punto particular del organismo. Se movía en el cuerpo con la rapidez del pensamiento, de manera que la conciencia del yo, el conocimiento de lo externo y la percepción sensorial podían ser localizados en cualquier parte del cuerpo, mediante el ejercicio de la voluntad. Los iniciados consideraban la sangre como un líquido misterioso, algo gaseoso por naturaleza, que servía como medio de manifestación del fuego de la naturaleza espiritual del hombre. Este fuego, circulando por el sistema, animaba y vitalizaba todas las partes de la forma, manteniendo así a la naturaleza espiritual en contacto con sus extremidades físicas. Los místicos consideraban el hígado como la fuente del calor y poder de la sangre. De ahí que sea significativo que la lanza del centurión hiriera el hígado de Cristo y que el buitre fuera colocado sobre el hígado de Prometeo, para atormentarlo a través de las edades.
    El ocultismo nos enseña que la presencia del hígado es lo que distingue al animal de la planta y que es místicamente cierto que los pequeños seres que tienen el poder de moverse, pero que carecen de hígado, son realmente plantas en sentido espiritual. El hígado está regido por el planeta Marte, que es la dínamo del sistema solar y el cual envía un rayo rojo animador a todos los seres que evolucionan dentro de este esquema solar. Los filósofos enseñaban que el planeta Marte, bajo la dirección de su regente Samael, era el trasmutado “Cuerpo de Pecado” del Logos Solar, que originalmente había sido el “Morador del Umbral” del Divino Ser, cuyas energías son distribuidas ahora por el fuego del Sol. Samael, incidentalmente, fue el ígneo padre de Caín, por intermedio del cual una parte de la humanidad ha recibido la llama de la aspiración y está así separada de los hijos de Set, cuyo padre fue Jehová.
    Los egipcios consideraban al jugo de la uva como la substancia más parecida a la sangre humana. En realidad, creían que la vid extraía su vida de la sangre de los muertos que habían sido inhumados en la tierra.  Respecto a este asunto, Plutarco escribió lo siguiente: “Los sacerdotes del Sol en Heliópolis nunca llevaban vino a sus templos, y si hacían uso de él a cualquier hora en sus libaciones a los dioses, no era porque lo consideraran de naturaleza aceptable para ellos, sino que lo vertían sobre sus altares como la sangre de aquellos enemigos que antes habían luchado contra ellos. Porque consideraban que el vino había brotado de la tierra después de haber sido ésta alimentada con los cadáveres de aquéllos que habían caído en las guerras contra los dioses. Y esto, dicen ellos, es la razón por la cual beber su jugo en grandes cantidades vuelve locos y fuera de sí a los hombres, llenándolos con la sangre de sus antecesores” (Isis y Osiris). Los magos de la Edad media conocían el hecho de que podían, por medio de sus poderes ocultos, dominar a cualquier persona si lograban obtener un poco de su sangre. Si se deja un vaso de agua durante la noche en la habitación de alguno que duerme en ella, a la mañana siguiente el agua estará tan impregnada con las radiaciones psíquicas de dicha persona, que cualquiera que conozca el procedimiento puede descubrir en el agua toda la historia de la vida y el carácter del que ocupó la habitación. Estas impresiones son transmitidas y retenidas por una sutil substancia que los trascendentalistas medievales llamaban la luz astral, una esencia ígnea siempre presente y omnipenetrante que preserva intactas las impresiones de cuanto haya sucedido en cualquier parte de la Naturaleza.
    El torrente de rayos que emana de la faz del Sol ha hecho que se lo asocie con el león, debido a la hirsuta melena del rey de los animales. Los rubios Dioses Salvadores de muchas naciones simbolizan sutilmente con sus largos rizos dorados las radiaciones solares. El Sol era el rey de los cielos, y los gobernantes terrestres, deseosos de proclamar su poder mundano, se complacían en considerarse "Pequeños Soles", siendo sus vasallos reconocidos como planetas que se bañaban en la gloria de la luz central. Lo más elevado de cada uno de los reinos de la Naturaleza fue también considerado como el símbolo del Sol. De ahí que el escarabajo sagrado, el más inteligente de todos los insectos; el águila, el ave de más elevado vuelo, y el león, la más fuerte de todas las bestias, fueron considerados símbolos apropiados del disco solar. Así los mogoles eligieron al león como enseña, mientras que César y Napoleón usaron el águila para simbolizar su dignidad. Las coronas de los reyes fueron originalmente bandas de oro con puntas radiantes, simbolizando que participaban en parte del divino poder del cual estaba revestido el Sol. Con el correr del tiempo la corona se fue haciendo convencional. Su superficie fue recamada de piedras preciosas, algunos de sus rasgos fueron cambiados y se perdió su evidente analogía con el Sol.
   El halo que se representa tan a menudo alrededor de la cabeza tanto de las deidades cristianas como de las paganas y santos, es también emblemático del poder solar. De acuerdo con los Misterios, llega un momento en el desenvolvimiento espiritual del hombre en que el misterioso óleo que ha estado ascendiendo lentamente por la columna espinal entra finalmente en el tercer ventrículo del cerebro, donde toma un hermoso color dorado y se irradia en todas direcciones. Esta radiación es tan grande que no puede ser limitada por el cráneo,
y entonces sale de la cabeza, especialmente por la parte posterior del cuello, en el punto en que la vértebra superior se articula con los cóndilos del hueso occipital. Es esta luz que brota en forma de abanico en la parte posterior de la cabeza la que ha dado origen al halo de los santos y al nimbo tan a menudo usado en el arte religioso. Esta luz significa la regeneración humana y forma parte de los cuerpos áuricos del hombre.
    Estas auras han influido grandemente en el color y la forma de las vestiduras empleadas en los ceremoniales religiosos. La túnica azul y dorada de que nos habla Albert Pike y los ropajes de los diferentes grados en las jerarquías de todas las órdenes religiosas son simbólicos de estas emanaciones invisibles que rodean al hombre, cuyos colores cambian con cada pensamiento y cada sentimiento. Merced a estas auras, los sacerdotes y filósofos de la antigüedad elegían a aquellos discípulos que podrían honrar sus enseñanzas.

Las “Túnicas de Gloria” del Sumo Sacerdote de Israel son simbólicas, como lo hizo notar sagazmente Josefo con su educación oriental. El lienzo blanco liso simboliza la purificada naturaleza física; las vestiduras de muchos colores representan al cuerpo astral, en tanto que el ropaje azul lo es de la naturaleza espiritual, y el violeta de la mente, porque éste es un color compuesto por dos matices, uno espiritual y otro material.
En los Misterios Egipcios no era raro que se mostraran los rayos del Sol terminando en manos humanas.  Una de las sillas que se encontraron recientemente en la tumba de Tutankamón tiene un Sol cuyos rayos terminan en manos humanas. Entre los antiguos, la mano era el símbolo de la sabiduría, porque se empleaba para levantar al caído, y nadie está tan caído como el hombre ignorante. Las virtudes físicas del Sol y su poder para absorber el agua fueron empleados para simbolizar un proceso espiritual en el cual la naturaleza divina del hombre era exaltada o iluminada y elevada por el calor del Sol, cuyos rayos expanden el triple poder espiritual del amor, de la sabiduría y de la verdad.

del libro de Manly Palmer Hall
MELQUISEDEC Y EL MISTERIO DEL FUEGO


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El Hombre, el gran símbolo de los Misterios


  EL HOMBRE, EL GRAN SÍMBOLO DE LOS MISTERIOS


     Pitágoras dijo que el Creador Universal había hecho dos cosas a Su propia imagen: la primera, el sistema cósmico con sus miríadas de soles, lunas y planetas; la segunda, el hombre, en cuya naturaleza existe todo el universo en miniatura. Mucho antes de la introducción de la idolatría en la religión, los sacerdotes primitivos, para facilitar el estudio de las ciencias naturales, trazaban la figura de un hombre y la colocaban en el santuario de sus templos, pues la figura humana simbolizaba el Poder Divino en todas sus intrincadas manifestaciones. Es así como los sacerdotes de la antigüedad tomaban al hombre como libro de texto, y mediante su estudio llegaban a comprender los mayores y más abstrusos misterios del plan celestial del cual ellos formaban parte. No es improbable que esa misteriosa figura levantada en los primitivos altares fuera algo así como un maniquí y que, como ciertas manos emblemáticas en las Escuelas de Misterios, estuviera cubierta con jeroglíficos, bien sea grabados en su superficie o pintados con pinturas eternas. La estatua podía abrirse para mostrar así la relativa posición de los órganos, huesos, músculos, nervios y demás partes.
     La presente generación está siempre dispuesta a desdeñar los conocimientos anatómicos que poseían las antiguas razas. Debido a la acción destructiva del tiempo y del vandalismo, los documentos existentes no pueden revelarnos la sabiduría de la antigüedad. El profesor James H. Breasted, arqueólogo de la Universidad de Chicago, afirmó recientemente que sus investigaciones habían demostrado que los sabios médicos egipcios durante la XVIII dinastía - esto es, unos diecisiete siglos antes de Cristo - tenían un conocimiento científico comparable al que poseemos en pleno siglo XX. El profesor Breasted dice textualmente “Por ejemplo, en él (el papiro de Edwin Smith, un documento científico antiquísimo) aparece por primera vez
registrada en lenguaje humano la palabra “cerebro”, y hay pruebas de que los egipcios conocían las localizaciones cerebrales que dominan los músculos, cosa que sólo ha sido redescubierta en la última generación”
   El conocimiento de los sacerdotes-médicos egipcios relativo a las funciones de las diferentes partes del cuerpo humano no sólo igualaba al de muchos hombres de ciencia modernos, sino que, con respecto a aquellas funciones y poderes relacionados con la naturaleza espiritual del hombre y a los órganos y centros por medio de los cuales las esencias espirituales controlan el cuerpo, excedía al que poseemos en el mundo actual.
  Durante siglos de investigaciones mucho se contribuyó en favor de los principios fundamentales de los filósofos primitivos, y cuando Egipto alcanzó la cumbre gloriosa de su civilización, el maniquí era una masa de intrincados jeroglíficos y figuras simbólicas. Cada una de sus partes tenía un significado secreto. Las medidas de esta figura de piedra correspondían a un modelo básico por medio del cual resultaba posible medir todas las partes del cosmos. Era un glorioso emblema compuesto por el conocimiento de los sabios y hierofantes de Isis, Osiris y Serapis.
    Luego vino el tiempo de la idolatría. Los Misterios decayeron internamente. Los significados secretos se perdieron y nadie conocía la identidad del hombre misterioso que se erigía en el altar. Sólo se recordaba que esa figura era un símbolo sagrado y glorioso del poder universal. Esta figura llegó a ser considerada un dios, a cuya imagen había sido creado el hombre. Habiéndose perdido el conocimiento secreto del objeto para el que había sido construido ese maniquí, los sacerdotes veneraron la madera y la piedra de las que estaba hecho, hasta que finalmente su falta de comprensión espiritual derribó el templo, cuyas ruinas cayeron sobre sus
propias cabezas, y la estatua se desmoronó junto con la civilización que había olvidado su significado.
   En nuestros días la gran fe de nuestra raza - el cristianismo - es profesada por un gran número de hombres y mujeres sinceros, devotos y honrados. Y aunque todos están dedicados a sus tareas, sólo en parte son eficientes, porque la mayoría de ellos ignoran absolutamente el hecho de que el llamado cristianismo bíblico es sólo una alegoría del verdadero espíritu del cristianismo y de esa doctrina esotérica creada en el templo por las mentes iniciadas del paganismo y promulgada para satisfacer las inclinaciones religiosas de la raza humana. Hoy en día esta gran fe es profesada por millones de almas, y comprendida sólo por un puñado, porque si bien ya no existen los templos de Misterios como instituciones en las esquinas de las calles, como ocurría en la antigüedad, la Escuela de Misterios todavía existe como una estructura filosófica invisible. Sólo confía el conocimiento de sus secretos a unos pocos, dejando que la gran masa entre solamente en su recinto externo y haga sus ofrendas sobre el altar de bronce. El cristianismo es esencialmente una Escuela de Misterios, pero la mayoría de sus adherentes no lo comprenden lo bastante bien como para darse cuenta de que hay secretos en sus parábolas y alegorías que constituyen importante parte de su dogma.
     ¿Por qué no habría de ser el cristianismo una Escuela de Misterios? Su fundador fue un iniciado en los Misterios Esenios. Los esenios fueron discípulos del gran Pitágoras y estaban también en contacto con las Escuelas Secretas de la India. El Maestro Jesús fue un hierofante profundamente versado en el antiguo Arcano. San Juan mismo, por sus escritos, prueba que estaba familiarizado con el ritualismo de los cultos egipcios, y se sostiene que San Mateo fue el maestro de Basílides, el inmortal sabio egipcio, fundador, juntamente con Simón el Mago, del Gnosticismo, el sistema de misticismo cristiano más elaborado que jamás surgiera del tronco principal de la iglesia de San Pedro. Durante su historia primitiva en Roma, el cristianismo estuvo en constante contacto con el Mitraísmo, la filosofía del fuego, en Persia, de la cual extrajo no pequeña parte de sus rituales y ceremonias.
      Si se contemplare al cristianismo menos como iglesia y más como Escuela de Misterios, el mundo moderno obtendría rápidamente una comprensión más clara de sus principios. Cada sacerdote del cristianismo, cada ministro del Evangelio, debería ser un anatomista y un fisiólogo, un biólogo y un químico, un médico y un astrónomo un matemático y un músico, y sobre todo un filósofo. Por filósofo entendemos aquél que puede estudiar inteligentemente todas estas diferentes líneas de pensamiento y descubrir la relación mutua existente entre ellas, y usar todas las artes y las ciencias como medios para interpretar la magnífica representación emblemática y el misterioso drama de la fe cristiana. Si ellos pudieran considerar inteligentemente los secretos transmitidos por los sacerdotes de la antigüedad pagana (cuyo estupendo genio se remontó muy por encima de los prejuicios rutinarios del pensamiento moderno), podrían hacer una serie de importantes descubrimientos.
En primer término, descubrirían que en las actuales traducciones del Antiguo y Nuevo Testamento hay numerosos errores, debido al hecho de que sus traductores no fueron espiritualmente competentes para interpretar los sagrados misterios de las lenguas hebrea y griega. Encontrarían innumerables contradicciones debidas a malentendidos, y descubrirían también que los llamados libros apócrifos (rechazados como no inspirados) contienen algunas de las claves más importantes que nos haya legado la antigüedad.
     Aprenderían que el Antiguo Testamento no debió ser considerado literalmente: que entre líneas existen ciertas enseñanzas ocultas sin cuyo conocimiento no puede descubrirse el verdadero significado de las escrituras hebreas. No ridiculizarían más a los paganos por su pluralidad de dioses, pues descubrirían que ellos mismos, si son fieles a su escritura, son politeístas. La palabra “Elohim” tal como se emplea en los primeros capítulos del Génesis, y que ha sido traducida como Dios, es una palabra plural, masculinofemenina, que designa a cierto número de dioses andróginos y no a una Suprema Deidad. También comprenderían que Adán no fue un hombre sino una especie, una raza de criaturas, y que el Jardín del Edén
no estaba en el Asia Menor.
     Pero, aunque algunos hombres supieran que estas cosas son verdaderas, una gran parte de la humanidad todavía las rechazaría, porque no concuerdan con las tradiciones aceptadas y veneradas no por ciertas, sino por haber sido admitidas durante generaciones. Ellos coronarían sus descubrimientos al darse cuenta de que la Tierra de Promisión de todas las naciones es el cuerpo humano, y que ésta es la tierra santa consagrada a los dioses. Comprenderían que sus propios cuerpos son los Santos Sepulcros, que tanto tiempo han permanecido en manos de los infieles, y que no hay infiel de raza alguna la mitad de malvado que el que mora en el corazón del mismo hombre; que no hay enemigo mayor de la fe que la propia naturaleza inferior individual; ni Judas compararle al egoísmo, ni traidor como la ignorancia, ni tirano como el orgullo, ni Mar Rojo que deba ser cruzado como el que comprende la naturaleza emocional del hombre, que brota de los rojos centros creadores de sangre en el hígado humano.
    Si los teólogos modernos pudieran ver el antiguo maniquí sobre el altar, comprenderían claramente todo esto, pero como no saben que existe una doctrina secreta, no la buscan. Sin embargo, ¿quién puede leer el Libro de Ezequiel o la Revelación y no darse cuenta de que el bien amado discípulo Juan, trascendiendo a todos los demás en su visión, fue indudablemente exaltado o “elevado”, como podría decir el masón moderno, y contempló el fasto de los Misterios? Las alegorías de San Juan son extraídas de todas las religiones de la antigüedad. El drama que él desarrolla en la Revelación es sintético y, por consiguiente, verdaderamente
cristiano, porque incluye las grandes enseñanzas de todas las edades. Algunos creen que Dios no ha querido que el hombre comprendiera el misterio de su propio destino, pero permítasenos recordar aquellas inmortales palabras: “No hay nada oculto que no será revelado, ni nada escondido que no será dado a conocer”. Si esto es cierto, emprendamos la tarea de resolverlo, revelarlo o reconstruirlo. Tras las huellas de los iluminados de todas las épocas, nosotros también descubriremos la verdad si continuamos el ascenso por las escaleras en espiral por las que han subido los aspirantes de todas las naciones y religiones, dejando marcados sus pasos en las piedras.
      El espíritu del hombre es un pequeño anillo de fuego invisible del cual emergen corrientes y rayos centelleantes de fuerza. Por un proceso místico, estos rayos construyen cuerpos en torno de ese germen central informe, y el hombre mora en el medio de esos cuerpos, gobernándolos mediante ondas de energía en una forma muy difícil de apreciar a menos de estar familiarizados con la constitución oculta del hombre. Este anillo de fuego invisible es el fuego eterno, la chispa de la Rueda Infinita, sin nacimiento ni muerte, centro eterno que incluye dentro de él mismo todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que perpetuamente será.

Este germen mora en el estado llamado Eternidad, porque para esta chispa inmortal el tiempo es ilusorio, la distancia no existe, la alegría y la tristeza son desconocidas, porque en lo concerniente a su función y conciencia todo lo que puede decirse es que ES. Mientras las demás cosas vienen y van ÉL ES. 
      Este germen de inmortalidad entra en el embrión en el momento de la vivificación y sale al producirse la muerte. Con su venida se genera el calor; con su partida, el calor desaparece. Así como la llameante esfera del Sol se encuentra en el centro del sistema solar, este flamígero anillo del espíritu está en el medio de los cuerpos del hombre. Es el fuego del altar que jamás se extingue y a cuyo servicio se han consagrado los sabios de todas las naciones, porque en esta llama reside toda perfección y la posibilidad del logro definitivo. Esta llama se manifiesta en individualidades y personalidades, pero, las esencias extraídas de la experiencia, inteligencia y actividad acumuladas en dichas individualidades y personalidades son finalmente absorbidas por esta llama, suministrándole el combustible con el cual luce y arde más brillantemente. De este fuego único del altar se encienden todos los fuegos del cuerpo humano, igual que las innumerables llamas que han sido originadas por los fuegos sagrados de los Parsis. 
      Comparad el llameante espíritu del hombre con la llama de una vela. Primero, en el centro de la vela, junto al pabilo, se ve un resplandor azul casi incoloro. Alrededor de éste hay un anillo de luz dorada, y más hacia la periferia, rodeando la parte amarilla, se produce una llama de color anaranjado oscuro o rojo ladrillo, que despide más o menos humo. Estas tres luces - azul, amarilla y rojiza - están estrechamente relacionadas con la llama del hombre, porque hay una azul, que da luz sin combustible, y una amarilla, alimentada por óleo puro, que arde con firme fulgor sin producir humo. Después hay una llama roja, que consume combustible más basto. A ésta se la denomina el fuego aniquilador de los antiguos, porque en el cuerpo humano la llama azul es el fuego del espíritu aspirante y trascendente. La llama amarilla es la clara y ardiente luz de la razón que ilumina la mente y alumbra la oscuridad de la noche, mientras que la llama roja es la falsa luz, el fuego de la pasión y la lujuria. Ésta es humeante como el campo de batalla, en que los odios y temores se elevan juntos en un bullir, llama rojo-ladrillo que es una mortaja espeluznante. 

Éstos son los tres fuegos: el fuego de la divinidad, el fuego de la humanidad, el fuego de los demonios. Los tres están encerrados dentro de la naturaleza humana, de donde su brillo sale afuera como la sagrada palabra trisilábica mediante la cual se crearon los cielos, se formó la Tierra y se destruyeron las obras del mal. Los discípulos de la Antigua Sabiduría sabían que, en la alborada de este esquema terrestre, ciertas instrucciones fueron depositadas en lugares seguros por los Hijos de la Aurora, o como nosotros los llamamos, los Dioses, quienes después de haberse asegurado de que estas doctrinas quedarían preservadas para la salvación final de la raza, penetraron en la constitución del hombre y perdieron su identidad. Por esta razón se dice que el Reino de los Cielos está dentro de nosotros, porque él incluye al Padre Divino, su Trinidad y sus serafines, querubines, poderes, dominaciones, principados, tronos, ángeles y arcángeles. 
     Cada una de estas criaturas celestiales ha aportado algo a la naturaleza del hombre. Por medio del poder de uno, siente; por el poder de otro, ve; a través del poder de un tercero, habla; gracias al poder de un cuarto, comprende; por el poder del Padre Divino, es inmortal; por el poder de la Trinidad, es triple en su constitución - espiritual, intelectual y física - por medio del poder de los serafines, le fueron dados los grandes fuegos, mientras que por el de los querubines obtuvo su forma compuesta. De ahí que estos espíritus estén confinados dentro de su propia naturaleza hasta que el hombre haya logrado elevarla al punto en que libere a esos poderes cósmicos dándoles una expresión adecuada y dejando de limitarlos o esclavizarlos más con su propia ignorancia y perversión. 
     En realidad, el Reino de los Cielos está dentro del hombre mismo, mucho más de lo que él imagina; y así como el cielo está en su propia naturaleza, así también la tierra y el infierno se encuentran en su constitución, porque los mundos superiores circunscriben e incluyen a los inferiores, y la tierra y el infierno están incluidos dentro de la naturaleza del cielo. Como hubiera dicho Pitágoras: “Los mundos superiores e inferiores están comprendidos dentro del área de la Esfera Suprema." Así todos los reinos de la naturaleza terrestre, minerales, vegetales, animales y su propio espíritu humano, están incluidos en su cuerpo físico y él mismo ha sido designado espíritu guardián del reino mineral, siendo responsable ante las jerarquías creadoras del destino de las piedras y los metales. 
    El mundo infernal es también una parte de él mismo, porque dentro de su naturaleza se encuentran Lucifer, la Bestia de Babilonia, Mammon, Belzebú y todas las otras furias infernales. En la base de su espina dorsal arde un fuego infernal, y el Sábath de las Brujas, tan espléndidamente descripto por Eliphas Levi, puede ser seguido hasta su origen en los centros emocionales inferiores del cuerpo humano. 
     Así el hombre es en sí mismo cielo, tierra e infierno, y su salvación es un problema mucho más personal de lo que él imagina. Sentado que el cuerpo humano es una masa de centros psíquicos, que durante la vida esa estructura es cruzada por incesantes corrientes de energía y que a través de toda su constitución se encuentran vórtices de fuerza eléctrica y poder magnético, el hombre puede ser contemplado, por aquéllos que saben cómo verlo, como un sistema solar compuesto de estrellas y planetas, soles y lunas, con cometas que giran en órbitas irregulares a través de ellos. Y así como se supone que la Vía Láctea es un embrión cósmico gigantesco, así también el hombre mismo es una galaxia, cada una de cuyas estrellas se convertirá en constelación algún día. 
    A dondequiera que dirijamos la mirada, encontramos la vida. En cualquier lugar que hallemos la vida, descubrimos la luz, porque en medio de todas estas cosas vivientes hay tenues chispas de esplendor inmortal.

Aquéllos cuyos ojos están encadenados por las limitaciones, terrenas, sólo ven las formas, pero para los que pueden trascender la materialidad, cada vida aparece como un destello de inmortal brillantez. Hasta la misma atmósfera está llena de luces, y el clarividente cruza a través de esferas de llama. Hay luces de miles de colores y matices irisados que sobrepasan en brillantez la luminosidad del Sol, luces mil veces más variadas que las del espectro que conocemos, colores ni siquiera soñados, luces tan brillantes que no pueden ser vistas sino sentidas como repiques sonoros en la cabeza; unas, luces que deben ser oídas, y otras, como sólidas columnas de fuego que deben ser sentidas. A dondequiera el vidente dirija la mirada, contempla fuego. Surge de la piedra; relampaguea en estrellas geométricas desde los pétalos de las flores y se irradia en ondas desde la piel de los animales. Rodea al hombre con una aureola brillante y a la tierra con el halo de un arco iris cuyas franjas se extienden por millas desde su superficie. El fuego irradia luz hacia arriba a través de la superficie de la Tierra; envía luz hacia abajo desde el inmenso espacio; irradia luz hacia afuera desde el centro de todas las cosas y hacia adentro desde la circunferencia de cada cosa. 
     ¿Es extraño que este viviente esplendor universal fuera dorado? Es el símbolo humano más perfecto de Dios, porque esta luz es la manifestación primaria del Eterno Inmanifestado.          Este fuego eterno, que arde sin combustible en el alma de todas las cosas, ha sido desde el comienzo de los tiempos el símbolo más sagrado en todo el mundo, porque si bien las imágenes de madera o piedra, los cuadros sobre lienzo y aun los cantos son más o menos expresiones de la forma, el lado físico de la Naturaleza, esta luz radiante, este esplendor flamígero, simboliza el espíritu, la vida, el germen inmortal encerrado en el corazón de la forma. Estaba consagrado a la Deidad Superior y todos lo adoraban y le hacían ofrendas. Era la causa, y los hombres adoraban la causa, intentando mediante la secreta cultura legada a través de las edades y basada en las enseñanzas de los mismos dioses, que la luz brillara más intensamente desde el interior de ellos mismos. Éste es el origen del simbolismo de la luz y el fuego. 
     La luz no sólo es sagrada porque dispersa las tinieblas en las que se esconden todos los enemigos de la vida humana. Es también sagrada porque es el vehículo de la vida. Esto lo evidencia el efecto de la luz solar sobre la vida vegetal, animal y humana. La luz es también el vehículo del color, pues el Sol es quien imparte a toda materia terrestre su color. Es igualmente el vehículo del calor, y según la antigua sabiduría, lleva consigo el esperma de todas las cosas, procedente del Sol. A través de la luz también pasan todos los impulsos del Gran Hombre. De acuerdo con los Misterios, Dios gobierna Su universo por medio de impulsos de inteligencia que Él proyecta mediante rayos de luz visibles o invisibles. Esta luz desempeña en el universo el mismo papel que el sistema nervioso en el cuerpo. 
    Pitágoras dijo que “el cuerpo de Dios está compuesto por la substancia de la luz”. Donde hay luz está Dios. El que adora a la luz, adora a Dios. El que sirve a la luz, sirve a Dios. ¿Qué símbolo más adecuado podría concebir el hombre del eterno y latente Padre Divino que el viviente, vibrante y radiante fuego? El fuego es el más sagrado de todos los elementos y el más remoto de todos los símbolos. Siendo así, los antiguos no dejaban de tener razón cuando adoptaron el fuego, o la luz, como su símbolo supremo y eligieron como emblema de la luz universal la gloria central del Sol. Al hacerlo así, se convirtieron no en adoradores del Sol, sino en adoradores de Dios tal como Él se manifiesta mediante la luz de la verdad. 
    Los filósofos del fuego adoraban tres luces - la luz del sol, de la Tierra y la del alma -, siendo esta última la luz que hay en el hombre y que ellos creían sería finalmente reabsorbida en la Divina luz, de la que se encontraba temporalmente separada por los muros de la prisión de la naturaleza inferior del hombre. Los Misterios de todas las épocas estuvieron dedicados a facilitar la reunión de esa pequeña luz con la Gran Luz, su Padre y Fuente. Para los Gnósticos, Cristo fue la incolora Luz Divina que asumió la forma de un radiante esplendor (la Verdad), atendiendo así a las necesidades de la pequeña luz que luchaba por expresarse en el alma de cada criatura humana. Esta Divina luz entraba en la luz de la Naturaleza y, fortaleciéndola, ayudaba a vitalizar todas las cosas vivientes. 
    La luz que existe en el hombre, el Dios en miniatura, era salvada - o mejor dicho, liberada - por medio de un proceso llamado regeneración. El método secreto usado para lograr esta regeneración sin tener que seguir el largo sendero en espiral del progreso evolutivo, fue el grande y supremo secreto de los Misterios, revelado únicamente a aquéllos que habían demostrado ser merecedores de poseer el poder de la vida y de la muerte. Estos Misterios han sido perpetuados hasta nuestros días por la Francmasonería. 
   La Orden Masónica está basada en las Escuelas Secretas de la antigüedad pagana, muchos de cuyos símbolos han sido preservados hasta nuestros días en los diversos grados de la Logia Azul y del Rito Escocés. Respecto al origen del termino “Francmasón”, que constituye en sí mismo una clave de las doctrinas de la Orden, Robert Hewitt Brown, Grado 32, escribe: “Mucho antes de la construcción del Templo del rey Salomón, se conocía a los masones con el nombre de Hijos de Luz. La Masonería era practicada por los antiguos bajo el nombre de Lux (luz), o su equivalente en los diversos idiomas de la antigüedad. Hemos sido informados por varios autores eminentes de que la palabra Masonería es una corrupción del termino griego Mesouraneo, que significa “yo estoy en el medio del cielo”, aludiendo al Sol, el cual, “encontrándose en el medio del cielo”, es la gran fuente de luz. Otros la derivan directamente del antiguo egipcio Phre, el Sol, y Mas, un hijo, o sea PhreMassen - Hijos del Sol o Hijos de la Luz.” 
    El verdadero secreto de la regeneración del fuego en el alma humana es revelado por el ritual del tercer grado de la Logia Azul, bajo la alegoría de la muerte de Hiram Abiff. El nombre Hiram está, como ya se ha hecho notar, estrechamente relacionado con el elemento fuego. Su descendencia directa de Tubal-Caín, el  primer gran artesano en metales mediante el uso del fuego, relaciona aún más a este diestro operario con la inmortal llama de vida en el hombre. En su obra Secreta Societies of All Ages (“Las Sociedades Secretas de todas las épocas”), Charles W. Heckthorne expone una antigua leyenda cabalística referente a la relación de la primitiva Masonería con la adoración del fuego. Según esta leyenda, Hiram Abiff no era descendiente de Adán o Jehová, como los hijos de Set, sino de más noble estirpe, porque por sus venas corría el fuego de Samael, uno de los Elohim. Además, hay dos clases de hombres en el mundo: los que tienen aspiraciones y los que no las tienen. Aquéllos sin aspiraciones son los hijos de Set, verdaderos hijos de la Tierra, que se apegan a su madre con tenacidad, siendo Terrenalidad la palabra clave de su naturaleza. 
     Hay otra raza, la de los Hijos del Fuego, descendiente de Samael, el regente del fuego. Estos hijos de la llama están siempre animados por la ambición y la aspiración. Son los constructores de ciudades, los que erigen monumentos, los conquistadores de mundos, los precursores, los que trabajan los metales, verdaderos hijos de la llama eterna. Sus almas son vehementes y tempestuosas, y la Tierra para ellos es una carga, Jehová no contesta sus súplicas, porque ellos son hijos de otra estrella. La Aspiración es la nota clave de sus naturalezas, y muchas veces ellos resurgen como nuevos Fénix, de las cenizas del fracaso. Jamás descansan, como el elemento del cual forman parte: andan errantes sobre la faz de la Tierra, con los ojos fijos en la flamígera estrella de la cual vinieron. 
    Esta diferencia fundamental es claramente visible en la vida diaria. Algunos están siempre contentos; otros, jamás llegan a la meta. Unos son los Hijos del Agua, los guardianes del rebaño; otros son los Hijos del Fuego, los constructores de ciudades. Un grupo es conservador, el otro es progresista. Uno es el rey, el otro el sacerdote. Pero dentro de la naturaleza de todas las cosas vivientes coexisten los Hijos del Fuego y los Hijos del Agua. En las Sagradas Escrituras, a los nacidos de la llama se los denomina Hijos de Dios, y los nacidos del agua son llamados Hijos de los Hombres, porque el nacido de la llama es la divinidad en el hombre y el nacido del agua es la humanidad en el hombre. Estos dos hermanos son enemigos mortales, pero en los Misterios se les enseñaba a cooperar el uno con el otro, y están simbolizados en la Francmasonería por el águila de dos cabezas del Grado 33. 
    Según la antigua sabiduría, llegará un tiempo en que el hombre tendrá dos sistemas espinales completos, ambos igualmente desarrollados, y su vida estará gobernada por dos poderes que trabajarán juntos y en armonía. Para expresar esto, los antiguos alquimistas simbolizaron esta realización con una figura bicéfala, una de cuyas cabezas era masculina y la otra femenina. El hermafrodita Ishwar, el señor planetario de los Brahmanes, tiene la mitad derecha del cuerpo masculina y la izquierda femenina, para simbolizar así que él es el arquetipo de la raza humana final. El hombre, una vez que sea positivo y negativo a la vez, no se reproducirá más como actualmente.
    Uno de los antiguos Misterios enseñaba que el fin de todas las cosas es igual a su principio más la experiencia del ciclo, y algún día la raza humana dará nacimiento a sus nuevos cuerpos por propia generación, como lo hacen todavía ciertos animales primitivos. Entonces, indudablemente, el hombre será su propio padre y su propia madre, completo en sí mismo. La iniciación hace posible este proceso en el hombre mucho antes de lo que permitiría el curso natural de la evolución humana. Tal es el verdadero misterio de Melquisedec, rey de Salem, el rey sacerdote (sacerdote, agua; rey, fuego), que fue su propio padre y su propia madre y cuyas huellas siguen todos los iniciados. 
   Sólo la más elevada de todas las órdenes ocultas que existen únicamente en el mundo interno puede ser llamada “Orden de Melquisedec”, aunque en otras naciones tenga otros nombres. Esta Orden está compuesta internamente por los graduados de otras Escuelas de Misterios que hayan alcanzado ya ese punto en que les es posible darse nacimiento a si mismos de sus propias naturalezas, al igual que la misteriosa ave Fénix, la cual, al morir, deja salir de adentro de sí misma otra ave que sale volando. El ave Fénix era considerada antes como una verdadera rareza zoológica, pero ahora se sabe que jamás existió, salvo como símbolo de un elevado estado de desarrollo del hombre. Además, construía su nido con llamas, lo que es extraordinariamente significativo. 
    La secreta Orden de Melquisedec no podrá jamás aparecer en el mundo físico mientras la humanidad esté constituida de acuerdo con su presente esquema. Es la suprema Escuela de Misterios, y sólo unos pocos han alcanzado ese punto en que se han unido sus naturalezas humana y divina tan perfectamente que han llegado a ser simbólicamente bicéfalos. Hay que conseguir el perfecto equilibrio del corazón y de la mente antes que el verdadero pensar o la verdadera espiritualidad puedan ser logrados. La función más elevada de la mente es la razón; la función más elevada del corazón es la institución. Un proceso sensitivo no necesita del trabajo normal de la mente. La razón sola es fría; el sentimiento solo carece de razón, pero ambos juntos atemperan la justicia con la misericordia y la benevolencia con la fortaleza. 
     El espíritu no es masculino ni femenino, sino ambas cosas a la vez: una entidad andrógina. La manifestación perfecta del espíritu andrógino debe ocurrir a través de un cuerpo andrógino que se genere a sí mismo. Pero muchos millones de años deberán pasar antes que la raza humana aprenda las lecciones de polarización suficientemente bien como para asumir esta nueva naturaleza con inteligencia. Ese día todo estará completo por sí mismo. El entendimiento estará maduro y será de tal profundidad y amplitud que no podría manifestarse en un organismo masculino o femenino aisladamente. Tal es el misterio del rey-sacerdote y tal fue la posición que Jesús alcanzó cuando fue llamado por siempre sacerdote según la Orden de Melquisedec. Todo esto se encuentra simbolizado en los emblemas del Grado 33 de la Francmasonería.
    Cuando se lo considera clarividentemente, el cuerpo del hombre semeja un gran ramo de flores, porque en toda su forma física se encuentran grupos como pétalos de emanantes rayos de fuerza de diferentes formas y colores. Hay uno de estos centros misteriosos en la palma de cada mano y en la planta de cada pie. Casi todos los órganos vitales tienen radiantes vórtices remolineantes de luz como bases espirituales. Estas flores girantes y vibrantes son centros ocultos extremadamente importantes. Cada uno de ellos puede, bajo ciertas condiciones ayudar al hombre a conseguir una mayor amplitud de conciencia. 
     Es posible ver con la palma de las manos o la planta de los pies. En realidad, el hombre llegará a ver finalmente con todas las partes de su cuerpo. Un símbolo de esta condición final fue preservado en los Misterios Egipcios, en la figura de Osiris, a quien suele representársele sentado en un trono y con el cuerpo enteramente formado por ojos. El dios griego Argos fue también famoso por su habilidad para ver con las diferentes partes de su cuerpo. Los buddhas orientales son simbolizados a menudo con dibujos geométricos en la palma de las manos y la planta de los pies. Las famosas huellas de Buddha, marcadas en la piedra, tienen un Sol en miniatura frente al talón de cada pie. Algunos de los artistas japoneses del jiu-jitsu dominan la ciencia secreta de estos misteriosos centros nerviosos, aunque este conocimiento ha sido ocultado por la mayoría de esos luchadores. En el Japón existen dibujos en los que se muestra la posición exacta de estos centros sagrados. La más ligera presión sobre alguno de ellos paraliza el cuerpo entero, tan grande es su dominio sobre el resto del sistema nervioso.        También se enseña a los expertos en jiu-jitsu cómo se puede resucitar a una persona que esté muerta por medio de presiones producidas en determinados puntos de las vértebras superiores de la espina dorsal. Este método da resultado en casi todos los casos, aún después que otros han fracasado. 
     Los vórtices de abigarradas luces del cuerpo constituyen los capullos de los lotos sagrados de la India y de Egipto, y las rosas de los Rosacruces. Son también las cuentas inmortales del Bhagavad Gitá, ensartadas en un solo hilo. A través de estos centros entraron los clavos de la crucifixión. La crucifixión encierra el secreto de como abrir los centros de las manos, pies, costado y cabeza. Los tres clavos que realizaron esta obra han sido preservados en la Francmasonería como los tres principales dignatarios de una Logia y como los tres asesinos de Hiram Abiff. 
    El Osiris indio-mexicano, llamado príncipe Coh, murió de tres heridas inflingidas por sus enemigos, y su corazón fue encontrado en una urna por Augustus Le Plongeon, que pasó muchos años investigando las antigüedades centroamericanas. 
   La relación entre estos centros sagrados y las joyas de la placa pectoral del Sumo Sacerdote de Israel no debe ser olvidada, porque ambos símbolos tienen un significado similar. 
     La parte más sagrada del cuerpo humano es el cerebro y el sistema espinal, reverenciado desde la antigüedad y simbolizado una y otra vez en todas las religiones del mundo. Mientras otras partes del cuerpo son de gran interés para el estudiante, la obra misteriosa de los fuegos espinales, mediante los cuales es lograda la liberación, es tan formidable, que hay que emplear muchos años aún en comprender los principios fundamentales. La espina dorsal es la vara que floreció, el Arbol Yggdrazil, la espada flamígera, el báculo de apoyo, la vara del Mago. 

del libro de Manly Palmer Hall
MELQUISEDEC Y EL MISTERIO DEL FUEGO


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